MODELO ESCOLAR EN TRANSFORMACION Y FORMACION DE LA PERSONALIDAD

 

2. La crisis de la modernización

 

Hoy en día ya es un lugar común aceptar que el fin de siglo y la entrada en el nuevo milenio están asociados a un profundo proceso de transformación social. No estamos viviendo una de las periódicas crisis coyunturales del modelo capitalista de desarrollo, sino la aparición de nuevas formas de organización social, económica y política. La crisis actual, desde este punto de vista, es una crisis estructural, cuya principal característica es la simultaneidad de las dificultades de funcionamiento en las instituciones responsables de la cohesión social (la crisis del Estado-Providencia), en las relaciones entre economía y sociedad (la crisis del trabajo) y en los modos de constitución de las identidades individuales y colectivas (crisis del sujeto).

 

Entre las muchas maneras de analizar esta crisis que estamos atravesando, creo que una de las más fértiles es la que asocia la crisis con el agotamiento del modelo de organización social basado en lo que se ha dado en llamar la "modernización".

 

De acuerdo a Alain Touraine1 el proceso de modernización supone que existe (o que debe existir) una correspondencia cada vez más estrecha entre el sistema productivo - progresivamente más eficaz gracias a la ciencia, la tecnología y/o la administración -, la organización de la sociedad - regulada por la ley -, y la vida personal - regulada por el interés, pero también por la voluntad de liberarse de todas las limitaciones -. En este proceso existen dos componentes básicos: la racionalidad y la subjetividad. Mientras el primero se orienta a organizar la vida social y las actividades productivas a través de la incorporación de la ciencia y la tecnología, el segundo apunta al desarrollo integral de la personalidad, liberada de las limitaciones impuestas por los determinantes sociales o culturales. Históricamente, sin embargo, la modernidad ha sido asociada casi exclusivamente al primer aspecto. El drama de nuestra modernidad ha sido, como señala Touraine, que se ha desarrollado luchando contra la mitad de ella misma, contra el individuo y su libertad.

 

La educación sistemática constituye, desde este punto de vista, uno de los lugares más importantes de esta pugna entre racionalidad y subjetividad. La organización de la acción educativa en un sistema institucional cuya finalidad principal consiste en preparar para la integración a la sociedad, ha sido una de las expresiones más representativas del principio de racionalidad. Para ello, ha sido fundamental enfatizar el aprendizaje de los aspectos universales, por encima de los particularismos y por encima de los sentimientos y las pasiones. En el modelo educativo tradicional, los sentimientos y las pasiones sólo eran promovidos y permitidos en las áreas que jugaban un fuerte papel integrador (la nación, la patria o el partido). La socialización escolar, en consecuencia, estaba destinada a promover comportamientos ajustados a las exigencias de un sistema institucional basado en reglas impersonales y comunes a todos. Si bien este modelo suponía una ruptura con la socialización familiar - concebida como el reino del particularismo y de los sentimientos - su funcionamiento estaba orgánicamente articulado con la socialización familiar. La familia socializaba para el éxito escolar, en el sentido que ella era responsable de formar el núcleo básico de la personalidad, uno de cuyos componentes principales era, precisamente, la preparación para el desempeño escolar.

 

2.1. El "déficit de socialización"

 

Uno de los problemas más serios que enfrenta actualmente el proceso de formación de la personalidad es lo que podría llamarse el "déficit de socialización" que caracteriza a la sociedad actual. En este sentido, vivimos un período en el cual las instituciones educativas tradicionales -la familia y la escuela- están perdiendo capacidad para transmitir valores y pautas culturales. Con respecto a la escuela, es bien sabido que la cultura escolar se ha aislado significativamente de la cultura social y que frente al dinamismo del cambio social, la escuela ha permanecido relativamente estática e inmodificable. La pérdida de capacidad socializadora, sin embargo, no afecta solamente a la escuela. También la familia ha perdido capacidad para transmitir cultura y sistemas de valores. La modernización social ha promovido, entre otros fenómenos, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, la tendencia a reducir el número de hijos, el aumento de separaciones, hijos que viven solos o sólo con uno de sus padres. Si bien no es posible generalizar a todas las culturas la existencia de estos fenómenos, puede resultar interesante mostrar un caso extremo: en los EEUU, según datos recientes, si las tendencias actuales se mantienen, menos de la mitad de los niños y niñas nacidos hoy vivirán con su propia madre y padre durante su niñez y un número creciente de niños y niñas vivirán la experiencia de ruptura familiar dos o aun tres veces durante ese período. En las sociedades menos desarrolladas también es significativo el proceso de pérdida de poder socializador por parte de la familia. Las familias pobres suelen ser familias donde la figura paterna está ausente y donde los niños pasan desde edades muy tempranas, períodos prolongados de tiempo sin la presencia de sus padres.

 

En síntesis, el proceso de cambio en la familia se define por el cambio en la naturaleza de los vínculos de filiación y conyugalidad. Mientras el primero mantiene su carácter indisociable por su naturaleza biológica, el segundo lo ha perdido, por su naturaleza social. La familia biológica no constituye hoy la única posibilidad de vínculo familiar, sino que se ha abierto el espacio para vínculos familiares más electivos, más psicológicos que biológicos.

 

Pero además de estos cambios en la composición y organización de la familia, también es evidente que nuestra cultura ya admite grados muy importantes de diversidad y de elección en todo lo que tiene que ver con los estilos de vida. En este sentido, los adultos no asumen la socializaciòn de las nuevas generaciones como la transmisiòn de un determinado y único sistema de valores. Existe mucho más margen para la elección, para la duda y para la construcción de identidades propias.

 

Todos estos fenómenos provocan un cambio significativo en el papel socializador de la familia. Para decirlo en pocas palabras, estamos asistiendo a un proceso mediante el cual los contenidos de la formación cutural básica comienzan a ser transmitidos de manera diferente al pasado. Los adultos significativos, los adultos importantes para la formación de los niños tienden a diferenciarse y, en realidad, no sabemos aun qué efectos a largo plazo provocarán estos cambios.

 

Pero el otro aspecto importante es que el déficit de socialización producido por los cambios en la escuela y la familia no ha sido cubierto por los nuevos agentes de socialización. Entre los nuevos agentes de formación cultural se destacan, obviamente, los medios masivos de comunicación y, en especial, la televisión. Sin embargo, los medios de comunicación no han sido diseñados como agencias encargadas de la formación moral y cultural de las personas. Al contrario, su diseño y su evolución suponen que dicha formación ya está adquirida y, por eso, la tendencia actual de los medios consiste en depositar en los ciudadanos mismos, la elección de los mensajes que quieren recibir.

 

2.2. La "ausencia de sentido"

 

Este déficit de socialización puede ser definido también como un fenómeno de "ausencia de sentido" que, según muchos análisis de la sociedad contemporánea, es una de las características de nuestro tiempo. Esta ausencia es particularmente importante para la educación, ya que pone en crisis la creencia según la cual tenemos algo que transmitir a las nuevas generaciones y, además, queremos hacerlo.

 

La ausencia de sentido que existe actualmente tiende a ser ocupada por, al menos, dos propuestas que contradicen los objetivos de la modernización y de la democracia.

 

Por un lado, las propuestas fundamentalistas e integristas, que suponen un retorno a la idea de fines últimos y sagrados, que no se discuten y que se imponen a las personas. El fundamentalismo seduce particularmente en aquellos contextos en los cuales la modernización está presente más por sus efectos destructores y excluyentes que por sus potencialidades liberadoras. Frente a la disolución de las formas tradicionales de integración y la escasa capacidad de incorporación de las nuevas, aparecen estas construcciones identitarias antimodernas que, como lo señalaran algunos estudios, se opone tanto a la modernización como a las formas tradicionales de integración2.

 

Por el otro, el neoliberalismo, que supone el desarrollo de un individualismo a-social, la despreocupación por toda forma de integración y la búsqueda de la satisfacción de los intereses individuales con independencia de sus consecuencias sobre el equilibrio tanto social como ecológico.

 

Frente a estas dos opciones que niegan uno u otro de los aspectos de la modernización, la única opción democrática posible está dada por la búsqueda de la articulación entre racionalidad instrumental y subjetividad, entre la lógica del sistema y las exigencias del desarrollo de la personalidad.

 


[1] La literatura sobre la crisis de la modernización es muy abundante. Entre los recientes y más completos análisis puede verse Alain Touraine. Critique de la modernité. París, Fayard, 1992.

[2] El concepto de “construcciones identitarias antimodernas” ha sido tomado de trabajo de Ernesto Ottone, La modernidad problemática. Santiago de Chile, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Documento de Trabajo n° 39, mayo de 1995.

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